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50 años sin JFK

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"No os preguntéis qué puede hacer vuestro país por vosotros. Preguntaos qué podéis hacer vosotros por vuestro país".

 

El joven John, al que los suyos llamaban Jack, no sabía bien hacia dónde dirigiría sus pasos. El heredero político de la familia Kennedy era Joe, su hermano mayor, del que esperaban que se convirtiera en el mismísimo presidente de los EEUU. La preparación académica de John, que era dos años menor, había seguido los pasos de la de Joe y los dos habían obtenido excelentes calificaciones en Harvard, uno de los centros educativos más prestigiosos de la nación (incluido en la llamada Ivy League) y con el poso aristocrático del Este que los Kennedy deseaban impregnar a cada uno de sus movimientos. Pero sería el primogénito quien cumpliría con las ambiciones no satisfechas del padre, que había sido embajador en Londres pero que hubiera deseado mucho más.

La Segunda Guerra Mundial cambió los planes. Joseph P. Kennedy Jr. (1915-1944), el mayor de los nueve hijos de Joseph P. Kennedy y Rose Fitzgerald, perdió la vida en un accidente durante una misión secreta y John se convirtió en el hombre clave. En el artífice de instalar al clan Kennedy en el poder y romper con los límites —católicos e inmigrantes recientes— que había impedido a sus antecesores la verdadera gloria. «Era la familia por encima de todo, la raíz irlandesa, los genes de quienes no habían podido conseguir el poder en primera o segunda generación y se empeñan en que sus hijos lo logren. Y lo consiguieron», explica Felipe Sahagún, periodista y profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense.

El que sería el presidente número 35 de EEUU empezó por congresista, siguió como senador y custodió las llaves de la Casa Blanca desde que el 20 de enero de 1961 pronunció aquel discurso en el Capitolio que preguntaba a los americanos qué podrían hacer ellos por su país y por extender la democracia (definida, obviamente, por EEUU) a lo largo del planeta. La familia, con Jackie y los dos niños, y sus hermanos, sobre todo Robert, su mano derecha, cumplían con el resto de la estampa. «Es importante recordar que dentro de la sociedad norteamericana la familia juega un papel fundamental. Todos los presidentes apuestan por la familia como uno de los pilares que les ayudan a presentarse como hombres de hogar y hombres de la patria. Y en eso Kennedy fue un gran político», añade Francisco Rodríguez Jiménez, profesor visitante en el Wetherhead Center for Internationals Affairs de la Universidad de Harvard.

«A Kennedy uno de sus principales asesores le definía como un idealista sin ilusiones», asegura Rubén Herrero de Castro, analista político y profesor de la facultad de Políticas de la Complutense. «Llega a la presidencia rodeado de un halo inmenso de que es posible cambiar todo y va a descubrir que es muy difícil cambiar las cosas; que las cosas en política admiten márgenes de maniobra muy estrechos. Es un idealista pero se va quedando sin ilusiones», continúa este experto y se refiere, sobre todo, a sus decisiones y acciones en el exterior, el punto fuerte de su Presidencia frente a su debilidad interna.

Su victoria ante Richard Nixon fue por solo dos décimas (49,7% frente al 49,5% de su contrincante) y muchas de las medidas revolucionarias que había propuesto en su programa electoral, sobre todo las que tenían que ver con el desarrollo de los derechos civiles, se iban descafeinando a su conveniencia y a la de los sectores más conservadores del Partido Demócrata, que no eran en absoluto reacios a la segregación racial. Fue su sucesor, Lyndon B. Johnson, quien desarrolló las leyes para la integración de negros con blancos que sumaron puntos al mito de Kennedy. Johnson sacó adelante 160 normas frente a la única ley que consiguió JFK.

«Su estilo, su relación con los medios, sobre todo con la televisión, fue clarísimamente una revolución. Como lo fue también el estilo de los miembros de su Gabinete, gente de mucho prestigio y excelente formación. Pero, más allá del aspecto exterior, descubrimos que hay más continuidad que ruptura», describe Felipe Sahagún, que lo ve más como un pragmático que como un idealista. «Tenía en cuenta los límites en su forma de hacer política día a día. En el asunto de los derechos civiles solo actúa cuando no le queda más remedio. Cuando se plantea el desafío del estudiante negro que quiere ingresar en la Universidad de Missisippí o ya en la Marcha de Washington».

«Es difícil hablar de luces y sombras de un presidente que apenas estuvo tres años en el poder», continúa Julio Cañero, director del Instituto de Investigación en Estudios Norteamericanos Benjamin Franklin, de la Universidad de Alcalá. «Desde un punto de vista romántico, siempre está bien considerado por la sociedad norteamericana. Pero desde la perspectiva de los politólogos o historiadores, él nunca está entre los grandes presidentes. Él mismo llegó a decir que no era capaz de valorar a los otros presidentes porque, hasta que uno no llega al cargo, no sabe lo complicada que es la tarea».

Una visión romántica y contagiada, claro está, con el espíritu del joven presidente al que asesinan en Dallas, con una viuda desconsolada y un niño de solo tres años que recibe el paso del ataúd de su padre con un saludo militar. «Creo que si no le hubiesen matado, no se le atribuirían tantos logros», reconoce David García Cantalapiedra, profesor de Relaciones Internacionales de la Complutense y coordinador de su Master de Política Internacional. «Probablemente hubiese ganado en el 64 y entonces habría tenido todos los efectos de guerra de Vietnam. Eso no quiere decir que no hubiera sido reconocido como el primer presidente moderno. El que creó el tipo de presidencialismo que hemos conocido después».

«Es verdad que fue una persona muy bien preparada para el cargo —apunta Rubén Herrero— pero no supo aplicar esos factores positivos que tenía a la gestión de su cargo. Muchos se refieren a Kennedy, tratando de heredar su legado, como alguien nuevo, diferente. No nos olvidemos de que fue un presidente de EEUU más y todos tienen una misión: que EEUU retenga la hegemonía global. Y en ese sentido, el presidente Kennedy aprobó el mayor rearme de la historia de EEUU. Sin embargo hablaba de cosas diferentes, era un idealista sin ilusiones», insiste en la definición que el propio Kennedy hizo suya.

Francisco Rodríguez, de Harvard, habla de una personalidad compleja y contradictoria, que prestó al desempeño de su cargo: «En su vida personal parece impulsivo e irracional, sobre todo en cuanto a sus infidelidades y líos amorosos. Pero, en sus momentos políticos clave, fue racional y tranquilo a la hora de tomar decisiones. Estoy pensando en octubre del 62, cuando el mundo estuvo al borde de una guerra mundial catastrófica». Había aprendido la lección de Bahía de Cochinos (abril 1961), afirma Sahagún. «La forma en la que llevó la Crisis de los Misiles se ha convertido en el manual de gestión de conflictos, sobre todo por cómo no dejarte arrastrar por las fuerzas de la burocracia o por los intereses ideológicos de un sector u otro». Un hombre que además supo ponerse en la piel de sus rivales. ¿Hay algo más pragmático que eso?

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