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Fundación Caja Madrid y el Museo Thyssen-Bornemisza

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Una antigua fábula de Plinio el Viejo († 79 d.C.) sitúa el origen de la pintura en Corinto, donde una joven muchacha, hija del alfarero Butades de Sición, habría trazado el contorno de su amante sobre una pared, ayudada por la luz de una vela. “La sombra” como tema artístico ha estado indivisiblemente unida a la historia del arte occidental; su intencionalidad ha sido fundamentalmente naturalista, al subrayar la verosimilitud de lo representado, pero cada época la ha dotado de connotaciones diferentes. La presente exposición, además de tratarse de la primera gran monográfica sobre el tema, se propone llamar la atención del público sobre la existencia de caminos transversales y mostrar los hilos, a veces ocultos, que unen diferentes épocas y artistas pese a la distancia cronológica que les separa.

Como en otras ocasiones, el discurso expositivo se realiza a través de las dos sedes de la muestra, en el Museo Thyssen-Bornemisza y en la Fundación Caja Madrid.

En las salas del Museo se presentan las obras que van desde el siglo XV hasta fines del siglo XIX, en un completo recorrido por algunos de los principales artistas que han representado y utilizado la sombra proyectada en sus composiciones. Tras un primer espacio de introducción dedicado a mostrar el mito de la sombra en el origen de la pintura, la muestra arranca con algunos ejemplos destacados de su estudio y utilización en la creación de perspectivas por parte de los artistas del Renacimiento, así como de las connotaciones simbólicas que tuvo en la época; el itinerario continúa con la obra de los pintores tenebristas del Barroco y su espectacular uso de luces y sombras, sigue con su incorporación como elemento narrativo fundamental en la época romántica y postromántica, hasta llegar a la representación de la sombra y la luz en el Impresionismo y el Simbolismo. Están presentes, entre otros, artistas como Jan Van Eyck, Lorenzo Lotto, Rembrandt, George de La Tour, Francisco de Goya, Camille Pissarro, Claude Monet, Édouard Vuillard, Félix Valloton o Santiago Rusiñol.

El siglo XX centra el contenido de las salas de exposición en la Fundación Caja Madrid, con especial atención a su utilización por parte de diversos artistas que, vinculados al denominado “retorno al orden” de los años 1920, recuperan en su obra el protagonismo de la sombra - Giorgio de Chirico, Edward Hopper o Pablo Picasso, entre otros-, y a la importancia de la sombra en los juegos de proyección de los pintores surrealistas, sobre todo René Magritte y Salvador Dalí. Los demás capítulos de esta segunda parte ofrecen un panorama del tema a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, con obras de Susan Rothenberg, Claudio Parmiggiani, Andy Warhol y Roy Lichtsntein, entre otros, y a la utilización multimedia y lúdica del juego de sombras, desde la fotografía de Man Ray y André Kertész hasta las instalaciones actuales de Christian Boltanski, pasando por las experiencias cinematográficas de Murnau o Peter Greenaway.

MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA
La invención de la pintura
La primera sala, concebida a modo de introducción, está dedicada a ilustrar el mito de Butades antes referido a través de la obra de artistas como Joseph Wright of Derby, David Allan y Joseph-Benoît Suvée. También se incluyen pinturas de Matías de Arteaga y Karl Friedrich Schinkel que se basan en Quintiliano († c. 96 d.C.), quien derivó el origen de la pintura en la circunscripción de las sombras solares sobre una pared. La sala se cierra con un cuadro de los pintores contemporáneos Vitaly Komar y Alexander Melamid que retoma el mito de Butades para ironizar sobre los fundamentos clasicistas del realismo socialista.

Renacimiento
Aunque las primeras sombras en el arte datan del siglo IV a.C.- vinculadas todavía a escenografías teatrales y al sombreado de objetos en relieve-, la sombra proyectada hace su verdadera aparición en el Renacimiento. Durante el siglo XV todavía se produce un acercamiento empírico a la sombra mientras que, un siglo después, su uso se vincula ya estrechamente con la perspectiva. La sombra, como resultado de la interposición de un cuerpo sólido y opaco entre una fuente de la luz y una superficie de proyección, fue objeto de experimentación temprana por parte de artistas como Gentile da Fabriano, Giovanni di Paolo, Pier Maria Pennacchi, Lorenzo Lotto o el maestro de la Leyenda de la Magdalena presentes en la exposición. Por otra parte, la sombra en el Renacimiento adquirió una importante connotación simbólica vinculada al tema de la Anunciación; así, en las obras de Jan van Eyck, Lorenzo de Credi y Lodovico Carracci reunidas en la sala, el reflejo opaco del Ángel o de la Virgen alude a la “sombra del Todopoderoso”, bajo cuyo poder se produce el milagro de la Encarnación.

Barroco
A partir del Renacimiento, al tiempo que se asiste a una profundización en el conocimiento de la representación de las sombras -que llegará a formar parte de la enseñanza de las academias-, se limita su uso debido a su tendencia a ensuciar o emborronar la composición en detrimento de la claridad visual del cuadro. No obstante, los pintores “tenebristas” del Barroco supieron explotar las espectaculares posibilidades de la sombra como nunca antes se había logrado. La sala presenta una selección de escenas religiosas de Jean Leclerc, Matthias Stom, Gerrit van Honthorst, Hendrick ter Brugghen, Georges de La Tour, Matia Preti o del llamado Maestro de la Luz de la Vela, en las que la sombra sirve para enfatizar la presencia sagrada y su incardinación en la vida cotidiana. En las obras de Rembrandt, Pieter de Hooch y Gerrit Dou, reunidas también en este capítulo, la luz y la sombra construyen espacialmente la composición y sugieren la temporalidad de la escena.

Romanticismo y post-romanticismo
Con el siglo de las luces, la sombra alcanzó un nuevo protagonismo de la mano de Johann Caspar Lavater y sus “Fragmentos fisionómicos” (1776), con los que pretendía sentar las bases para el estudio de la personalidad humana a partir de la proyección del perfil del rostro sobre una pantalla. Pero el siglo XVIII fue también el del nacimiento de nuevos conceptos estéticos como lo “sublime”, y la sombra comenzó a ser valorada por sus cualidades narrativas, eminentemente negativas. Poco a poco se asiste a la aparición de una verdadera “estética de lo siniestro”, algunos de cuyos ejemplos más destacados se encuentran en la obra de Francisco de Goya, Heinrich Wilhelm Tischbein, Joseph Wright of Derby, Adolf Menzel, Jean-François Millet, William Holman Hunt, Jean-Paul Laurens, Gioacchino Toma y Émile Friant, de la que se ofrecerá una completa selección en esta sala.

Simbolismo y fin de siglo
El simbolismo, al apartarse de la representación naturalista de la realidad, encumbró la visión subjetiva como eje de la representación plástica. Lo misterioso y lo sombrío despertaron la creatividad de escritores y artistas. En las escenas de interior de Claude Monet, en las que varios personajes de una misma familia se concentran bajo la luz de una lámpara, todavía resuenan ecos del tardo-romanticismo francés, aunque con un mayor énfasis concedido al estudio de la luz y la sombra como fenómeno plástico. Su ejemplo fue seguido por los pintores nabis Édouard Vuillard y Félix Vallotton, en cuyos interiores la atmósfera se adensa y las formas tienden a aplanarse. Desde una óptica más literaria, la sombra también centrará buena parte de la producción de artistas como Léon Spilliaert, Xavier Mellery o el joven Frantisek Kupka.

Impresionismo
La exposición se cierra en las salas del Museo Thyssen-Bornemisza con una sección dedicada al Impresionismo. En ella se observa un giro importante en el tratamiento de la sombra que, por primera vez, abandona su carga narrativa para convertirse en sujeto de investigación exclusivamente plástico. La sombras de los árboles ocupan un lugar destacado en la obra temprana de Monet, pero es en Camille Pissarro y Alfred Sisley donde mejor se observa cómo las sombras coloreadas dejan atrás el tradicional empleo del negro y, con él, la carga peyorativa de la sombra. Otros artistas que completan la sala son Childe Hassam, Joaquín Sorolla, Santiago Rusiñol y Darío de Regoyos.

FUNDACIÓN CAJA MADRID


Realismos modernos
A comienzos del siglo XX las sombras fueron prácticamente desechadas por el cubismo y los movimientos abstractos subsiguientes, fieles a la bidimensionalidad del cuadro. Hubo que esperar a Giorgio de Chirico y al “retorno al orden” de los años veinte para que la sombra alcanzase un nuevo protagonismo. En De Chirico, al tiempo que denotan una verosimilitud ficticia, las sombras confieren a la escena un aire de pesadilla. Tal antinomia es propia de buena parte de los realismos del siglo XX, en los que lo siniestro convive con la falsa apariencia de un orden estable. Así ocurre, con diferentes matices, en la obra de Edward Hopper, Rockwell Kent, Christian Schad, Felix Nussbaum, Dick Ket, Carel Willink, Pyke Koch, Alfonso Ponce de León, Gregorio Prieto y Pablo Picasso, de los que se reúnen aquí algunos ejemplos significativos.

Surrealismo
Si algún movimiento de la pintura contemporánea dedicó un especial protagonismo al tratamiento de la sombra éste fue el surrealismo, principalmente en su vertiente vinculada a la representación de los sueños. Artistas como Salvador Dalí, Yves Tanguy, René Magritte, Paul Delvaux y Esteban Francés, dotaron a la representación de los sueños de una verosimilitud aún más acusada que la de la propia realidad contemplada por nuestros ojos, recurriendo para ello a una técnica minuciosa y al empleo masivo de las sombras. En Dalí, además, las sombras ayudan a recomponer imágenes contradictorias, dentro de lo que se ha denominado el método “paranoico-crítico”. Completan la sala las obras siempre intrigantes de Max Ernst y Joseph Cornell.

Del Pop Art a nuestros días
La sombra también ha jugado un papel importante en la pintura de la segunda mitad del siglo XX, a raíz del triunfo del Pop Art en el panorama artístico internacional de los años sesenta. Andy Warhol y Roy Lichtenstein, en su empleo de motivos y medios artísticos vinculados a la publicidad, dieron cabida a la sombra como un elemento más de la vida cotidiana. Warhol, en concreto, dedicó una serie completa al tema. En la estela del Pop, y más allá de él, la sombra ha continuado atrayendo la atención de artistas como Ed Ruscha, Gerhard Richter, Jürgen Klauke, Susan Rothenberg, Claudio Parmiggiani y Tobia Ercolino.

Fotografía
La fotografía ha sido descrita como el arte de la luz y la sombra. El protagonismo de la sombra en la fotografía del siglo XX ha marcado con su impronta a otras artes, como en el caso de la pintura ya referida. Remitiéndonos exclusivamente a la presente sala, se reunen en ella algunos de los ejemplos clásicos del tratamiento de la sombra en la obra de Man Ray, Brassaï, André Kertész, Umbo, Alexander Rodchenko, Constantin Brancusi, Jaroslav Rössler, Anton Stankowski, Eugen Wiskovsky, František Drtikol, Jaromír Funke, Imre Kinszki, Ansel Adams, Ralph Steiner, Dorothea Lange y Dorothy Norman. Junto a ellos también pueden contemplarse obras de los fotógrafos españoles Nicolás de Lekuona, Pere Català Pic, Francesc Català-Roca y Ramón Masats Tartera. Cierra la sección un conjunto de tres fotografías de gran tamaño de la artista británica contemporánea Sam Taylor-Wood.

Cine
La última sala de la exposición está dedicada a las sombras en el cine. En ella se proyectarán fragmentos de películas de Robert Wiene, Arthur Robinson, Friedrich Wilhelm Murnau, Fritz Lang, Sergei Eisenstein o Alfred Hitchcock, entre otros.

Datos de interés
Título: La Sombra
Fechas: Del 10 de Febrero al 17 de Mayo 2009
Organizadores y sedes: Museo Thyssen-Bornemisza y Fundación Caja Madrid
Comisario: Victor I. Stoichita, Catedrático de Historia del Arte en la Universidad de Friburgo
Número de obras: 144
Publicaciones: Catálogo con ensayos de Victor I. Stoichita, Santos Zunzunegui, José Ramón Esparza Estaun, Fernando Marías, Sergiusz Michalski, Hans-Georg von Arburg. Editado en español con apéndice en inglés. Guía didáctica.

Museo Thyssen-Bornemisza. Paseo del Prado 8, 28014 Madrid.
Horarios: de martes a domingo de 10.00 a 19.00 horas.
Tarifas: La taquilla cierra a las 18:30h.
Exposición temporal: 5 € (Reducida: 3,50 € para estudiantes y mayores de 65 años).
Exposición temporal + Colección permanente: 9 € (Reducida: 5 € para estudiantes y mayores de 65 años previa acreditación).
Venta anticipada de entradas a través de la web del Museo y en el 902 050 121
Más información: 91 369 01 51 y www.museothyssen.org

Fundación Caja Madrid. Plaza de San Martín, 1, 28013 Madrid
Horario: de martes a domingo de 10.00 a 20.00 horas
Entrada libre. Más información: 902 246 810 y www.fundacioncajamadrid.org

01/02/2009 21:00 Miguel Angel Rodriguez Urosa Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Los peatones ‘conquistan’ Callao

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Casi cinco millones de euros para una superficie de 20.697 metros cuadrados y siete meses de ejecución. Son las cifras del proyecto para remodelar la plaza de Callao y su entorno, financiado por el Fondo Estatal de Inversión Local, cuyas obras comienzan el próximo mes de abril. La Junta de Gobierno ha dado hoy luz verde a estos trabajos, que afectan a la plaza de Callao, a las calles de Preciados, Jacometrezo, Silva y San Bernardo, y a la Cuesta de Santo Domingo. Con la reforma los peatones ganan un 40% de superficie.

La plaza de Callao tiene una acera perimetral de siete metros y en el centro, una zona estancial fracturada en dos isletas. Presenta algunas debilidades que condicionan el entorno como un espacio de oportunidades urbanas con un intenso tráfico rodado, una gran actividad peatonal en convivencia con otros usos y un mobiliario urbano heterogéneo y concentrado. El proyecto de remodelación contempla diversas líneas de trabajo con el fin de convertir estas debilidades en fortalezas, recuperando el entorno intervenido para integrarlo adecuadamente en el conjunto de la trama urbana en el que se ubica.

Principales actuaciones

- Plaza de Callao y Preciados: Gracias a su peatonalización, los viandantes ganan un 89% de superficie
- La calle Jacometrezo se convierte en nudo intermodal al absorber el actual tráfico de autobuses de Callao. Quedará restringido el paso exclusivo por esta calle a autobuses y vehículos autorizados
- En la calle Silva, las obras eliminarán el aparcamiento en superficie y se gana un carril de circulación
- En San Bernardo (tramo plaza de Santo Domingo y Gran Vía) se suprime también el aparcamiento en superficie. La ampliación de la acera, la incorporación de carril bus y la colocación de  paradas de autobús para complementar el intercambiador de Jacometrezo son otras de las actuaciones incluidas en San Bernardo
- La Cuesta de Santo Domingo gana un 64% de aceras y elimina de manera parcial el aparcamiento en superficie. La Cuesta de Santo Domingo servirá de conexión preferentemente peatonal con la plaza de Isabel II, Arenal y la Plaza de Oriente.

Peatonalización
Las líneas estratégicas de esta apuesta son peatonalizar íntegramente Callao y Preciados, mejorar la accesibilidad, renovar pavimentos, alumbrado público y el mobiliario urbano, así como plantar nuevo arbolado.

El peatón recupera en Callao un 76% de espacio para su uso exclusivo, y un 117% en la calle Preciados.

El conjunto de actuaciones supone un incremento de 3.240 m2 de superficie ganada para el uso peatonal.

Mejora de la accesibilidad y arbolado
El Ayuntamiento realizará una profunda revisión y mejora en términos de accesibilidad mediante la eliminación de barreras (rebaje de bordillos, reordenación del mobiliario urbano, alcorques adaptados), de las peatonalizaciones o ampliaciones de aceras proyectadas, y a través de pavimentos diferenciados para crear itinerarios-guía para las personas con discapacidad visual (tramo Preciados-plaza de Callao). 

Se plantarán 48 nuevos árboles en Callao y su entorno, que se sumarán a los 28 actuales. Para crear áreas de sombra y descanso en la temporada más cálida y permitir los rayos solares en invierno, los árboles elegidos son ‘acer platanoide', de hoja caduca.

Alumbrado público
La recuperación de Callado incluye el incremento y evaluación en términos ambientales del alumbrado público mediante la sustitución de 83 puntos de luz. A éstos se suman 39 nuevas luminarias para reducir la contaminación lumínica y la mejora de la eficiencia energética.

Mobiliario urbano
Nuevos bancos y papeleras en todo el ámbito de actuación, así como marquesinas y aparcamientos para bicis en el área intermodal

08/02/2009 10:17 Miguel Angel Rodriguez Urosa Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


200 años de Darwin

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Charles Robert Darwin nació en Sherewsbury el 12 de febrero de 1809. Fue el segundo hijo varón de Robert Waring Darwin, médico de fama en la localidad, y de Susannah Wedgwood, hija de un célebre ceramista del Staffordshire, Josiah Wedgwood, promotor de la construcción de un canal para unir la región con las costas y miembro de la Royal Society. Su abuelo paterno, Erasmus Darwin, fue también un conocido médico e importante naturalista, autor de un extenso poema en pareados heroicos que presentaba una alegoría del sistema linneano de clasificación sexual de las plantas, el cual fue un éxito literario del momento; por lo demás, sus teorías acerca de la herencia de los caracteres adquiridos estaban destinadas a caer en descrédito por obra, precisamente, de su nieto. Además de su hermano, cinco años mayor que él, Charles tuvo tres hermanas también mayores y una hermana menor. Tras la muerte de su madre en 1817, su educación transcurrió en una escuela local y en su vejez recordó su experiencia allí como lo peor que pudo sucederle a su desarrollo intelectual. Ya desde la infancia dio muestras de un gusto por la historia natural que él consideró innato y, en especial, de una gran afición por coleccionar cosas (conchas, sellos, monedas, minerales) el tipo de pasión «que le lleva a uno a convertirse en un naturalista sistemático, en un experto, o en un avaro».

En octubre de 1825 Darwin ingresó en la Universidad de Edimburgo para estudiar medicina por decisión de su padre, al que siempre recordó con cariño y admiración (y con un respeto no exento de connotaciones psicoanalíticas); la hipocondría de su edad adulta combinó la desconfianza en los médicos con la fe ilimitada en el instinto y los métodos de tratamiento paternos. Sin embargo Darwin no consiguió interesarse por la carrera; a la repugnancia por las operaciones quirúrgicas y a la incapacidad del profesorado para captar su atención, vino a sumarse el creciente convencimiento de que la herencia de su padre le iba a permitir una confortable subsistencia sin necesidad de ejercer una profesión como la de médico. De modo que, al cabo de dos cursos, su padre, dispuesto a impedir que se convirtiera en un ocioso hijo de familia, le propuso una carrera eclesiástica. Tras resolver los propios escrúpulos acerca de su fe, Darwin aceptó con gusto la idea de llegar a ser un clérigo rural y, a principios de 1828, después de haber refrescado su formación clásica, ingresó en el Christ’s College de Cambridge.

Una nueva vida

Pero en Cambridge, como antes en Edimburgo y en la escuela, Darwin perdió el tiempo por lo que al estudio se refiere, a menudo descuidado para dar satisfacción a su pasión por la caza y por montar a caballo, actividades que ocasionalmente culminaban en cenas con amigos de las que Darwin conservó un recuerdo -posiblemente exagerado- como de auténticas francachelas. Con todo, su indolencia quedó temperada por la adquisición de sendos gustos por la pintura y la música, de los que él mismo se sorprendió más tarde, dada su absoluta carencia de oído musical y su incapacidad para el dibujo (un «mal irremediable», junto con su desconocimiento práctico de la disección, que representó una desventaja para sus trabajos posteriores).

Más que de los estudios académicos que se vio obligado a cursar, Darwin extrajo provecho en Cambridge de su asistencia voluntaria a las clases del botánico y entomólogo reverendo John Henslow, cuya amistad le reportó «un beneficio inestimable» y que tuvo una intervención directa en dos acontecimientos que determinaron su futuro: por una parte, al término de sus estudios en abril de 1831, Henslow le convenció de que se interesase por la geología, materia por la que las clases recibidas en Edimburgo le habían hecho concebir verdadera aversión, y le presentó a Adam Sedgwick, fundador del sistema cambriano, quien inició precisamente sus estudios sobre el mismo en una expedición al norte de Gales realizada en abril de ese mismo año en compañía de Darwin (treinta años más tarde, Henslow se vería obligado a defender al discípulo común ante las violentas críticas dirigidas por Sedgwick a las ideas evolucionistas); por otra parte, lo que es aún más importante, fue Henslow quien le proporcionó a Darwin la oportunidad de embarcarse como naturalista con el capitán Robert Fitzroy y acompañarle en el viaje que éste se proponía realizar a bordo del Beagle alrededor del mundo.

En un principio su padre se opuso al proyecto, manifestando que sólo cambiaría de opinión si «alguien con sentido común» era capaz de considerar aconsejable el viaje. Ese alguien fue su tío -y futuro suegro- Josiah Wedgwood, quien intercedió en favor de que su joven sobrino cumpliera el objetivo de viajar que Darwin se había fijado ya meses antes, cuando la lectura de Humboldt suscitó en él un deseo inmediato de visitar Tenerife y empezó a aprender castellano y a informarse acerca de los precios del pasaje. El 27 de diciembre de 1831 el Beagle zarpó de Davenport con Darwin a bordo y dispuesto a comenzar la que él llamó su «segunda vida», tras dos meses de desalentadora espera en Plymouth, mientras la nave era reparada de los desperfectos ocasionados en su viaje anterior, y después de que la galerna frustrara dos intentos de partida. Durante ese tiempo, Darwin experimentó «palpitaciones y dolores en el corazón» de origen más que probablemente nervioso, como quizá también lo habrían de ser más tarde sus frecuentes postraciones. Sin saberlo, Darwin había corrido el riesgo de ser rechazado por Fitzroy, ya que éste, convencido seguidor de las teorías fisiognómicas del sacerdote suizo Johann Caspar Lavater estimó en un principio que la nariz del naturalista no revelaba energía y determinación suficientes para la empresa.

El viaje del Beagle

El objetivo de la expedición dirigida por Fitzroy era el de completar el estudio topográfico de los territorios de la Patagonia y la Tierra del Fuego, el trazado de las costas de Chile, Perú y algunas islas del Pacífico y la realización de una cadena de medidas cronométricas alrededor del mundo. El periplo, de casi cinco años de duración, llevó a Darwin a lo largo de las costas de América del Sur, para regresar luego durante el último año visitando las islas Galápagos, Tahití, Nueva Zelanda, Australia, Mauricio y Sudáfrica. Durante ese período su talante experimentó una profunda transformación. La antigua pasión por la caza sobrevivió los dos primeros años con toda su fuerza y fue él mismo quien se encargó de disparar sobre los pájaros y animales que pasaron a engrosar sus colecciones; poco a poco, sin embargo, esta tarea fue quedando encomendada a su criado a medida que su atención resultaba cada vez más absorbida por los aspectos científicos de su actividad.

El estudio de la geología fue, en un principio, el factor que más contribuyó a convertir el viaje en la verdadera formación de Darwin como investigador, ya que con él entró inexcusablemente en juego la necesidad de razonar. Darwin se llevó consigo el primer volumen de los Principles of Geology de Charles Lyell, autor de la teoría llamada de las causas actuales y que habría de ser su colaborador en la exposición del evolucionismo; desde el reconocimiento de los primeros terrenos geológicos que visitó (la isla de São Tiago, en Cabo Verde), Darwin quedó convencido de la superioridad del enfoque preconizado por Lyell. En Sao Tiago tuvo por vez primera la idea de que las rocas blancas que observaba habían sido producidas por la lava derretida de antiguas erupciones volcánicas, la cual, al deslizarse hasta el fondo del mar, habría arrastrado conchas y corales triturados comunicándoles consistencia rocosa. Hacia el final del viaje, Darwin tuvo noticia de que Sedgwick había expresado a su padre la opinión de que el joven se convertiría en un científico importante; el acertado pronóstico era el resultado de la lectura por Henslow, ante la Philosophical Society de Cambridge, de algunas de las cartas remitidas por Darwin.

La teoría sobre la formación de los arrecifes de coral por el crecimiento de éste en los bordes y en la cima de islas que se iban hundiendo lentamente, fue el primero en ver la luz (1842) de entre los logros científicos obtenidos por Darwin durante el viaje. Junto a éste y al establecimiento de la estructura geológica de algunas islas como Santa Elena, está el descubrimiento de la existencia de una cierta semejanza entre la fauna y la flora de las islas Galápagos con las de América del Sur, así como de diferencias entre los ejemplares de un mismo animal o planta recogidos en las distintas islas, lo que le hizo sospechar que la teoría de la estabilidad de las especies podría ser puesta en entredicho. Fue la elaboración teórica de esas observaciones la que, años después, resultó en su enunciado de las tesis evolutivas.

Darwin regresó a Inglaterra el 2 de octubre de 1836; el cambio experimentado en esos años debió de ser tan notable que su padre, «el más agudo observador que se haya visto de natural escéptico y que estaba lejos de creer en la frenología», al volverlo a ver dictaminó que la forma de su cabeza había cambiado por completo. También su salud se había alterado; hacia el final del viaje se mareaba con más facilidad que en sus comienzos, y en el otoño de 1834 había estado enfermo durante un mes. Se ha especulado con la posibilidad de que en marzo de 1835 contrajera una infección latente de la llamada enfermedad de Chagas como consecuencia de la picadura de un insecto. De todos modos desde su llegada hasta comienzos de 1839 Darwin vivió los meses más activos de su vida, pese a las pérdidas de tiempo que le supuso el sentirse ocasionalmente indispuesto. Trabajó en la redacción de su diario del viaje (publicado en 1839) y en la elaboración de dos textos que presentaran sus observaciones geológicas y zoológicas. Instalado en Londres desde marzo de 1837, se dedicó a «hacer un poco de sociedad», actuando como secretario honorario de la Geological Society y tomando contacto con Lyell. En julio de ese año empezó a escribir su primer cuaderno de notas sobre sus nuevos puntos de vista acerca de la «transmutación de las especies», que se le fueron imponiendo al reflexionar acerca de sus propias observaciones sobre la clasificación, las afinidades y los instintos de los animales, y también como consecuencia de un estudio exhaustivo de cuantas informaciones pudo recoger relativas a las transformaciones experimentadas por especies de plantas y animales domésticos debido a la intervención de criadores y horticultores.

Sus investigaciones, realizadas sobre la base de «auténticos principios baconianos», pronto le convencieron de que la selección era la clave del éxito humano en la obtención de mejoras útiles en las razas de plantas y animales. La posibilidad de que esa misma selección actuara sobre los organismos que vivían en un estado natural se le hizo patente cuando en octubre de 1838 leyó «como pasatiempo» el ensayo de Malthus sobre la población, dispuesto como se hallaba, por sus prolongadas observaciones sobre los hábitos de animales y plantas, a percibir la presencia universal de la lucha por la existencia, se le ocurrió al instante que, en esas circunstancias, las variaciones favorables tenderían a conservarse, mientras que las desfavorables desaparecerían, con el resultado de la formación de nuevas especies. Darwin estimó que, «al fin, había conseguido una teoría con la que trabajar»; sin embargo, preocupado por evitar los prejuicios, decidió abstenerse por un tiempo de «escribir siquiera el más sucinto esbozo de la misma». En junio de 1842 se permitió el placer privado de un resumen muy breve -35 páginas escritas a lápiz-, que amplió hasta 230 páginas en el verano del año 1844.

Por entonces, Darwin había contraído matrimonio el 29 de enero de 1839 con su prima Emma Wedgwood. Residieron en Londres hasta septiembre de 1842, cuando la familia se instaló en Down, en el condado de Kent, buscando un género de vida que se adecuase mejor a los frecuentes períodos de enfermedad que, a partir del regreso de su viaje, afligieron constantemente a Darwin. Por lo demás, los años de Londres fueron, por lo que a vida social se refiere, un preludio del retiro casi total en el que vivió en Down hasta el final de sus días. El 27 de diciembre de 1839 nació el primer hijo del matrimonio y Darwin inició con él una serie de observaciones, que se prolongaron a lo largo de los años, sobre la expresión de las emociones en el hombre y en los animales. Tuvo diez hijos, seis varones y cuatro mujeres, nacidos entre 1839 y 1856, de los que dos niñas y un niño murieron en la infancia.

La teoría de la evolución

Durante los primeros años de su estancia en Down, Darwin completó la redacción de sus trabajos sobre temas geológicos y se ocupó también de una nueva edición de su diario de viaje, que en un principio había aparecido formando parte de la obra publicada por Fitzroy sobre sus expediciones; en las notas autobiográficas que redactó en 1876 (reveladoramente tituladas como Recollections of the Development of my Mind and Character), Darwin reconoció que «el éxito de este mi primer retoño literario siempre enardece mi vanidad más que el de cualquier otro de mis libros». De 1846 a 1854 Darwin estuvo ocupado en la redacción de sus monografías sobre los cirrípodos, por los que se había interesado durante su estancia en las costas de Chile al hallar ejemplares de un tipo que planteaba problemas de clasificación. Esos años de trabajo sirvieron para convertirlo en un verdadero naturalista según las exigencias de su época, añadiendo al aprendizaje práctico adquirido durante el viaje la formación teórica necesaria para abordar el problema de las relaciones entre la historia natural y la taxonomía. Además, sus estudios sobre los percebes le reportaron una sólida reputación entre los especialistas, siendo premiados en noviembre de 1853 por la Royal Society, de la que Darwin era miembro desde 1839.

A comienzos de 1856 Lyell aconsejó a Darwin que trabajara en el completo desarrollo de sus ideas acerca de la evolución de las especies. Darwin emprendió entonces la redacción de una obra que, aun estando concebida a una escala tres o cuatro veces superior de la que luego había de ser la del texto efectivamente publicado, representaba, en su opinión, un mero resumen del material recogido al respecto. Pero, cuando se hallaba hacia la mitad del trabajo, sus planes se fueron al traste por un suceso que precipitó los acontecimientos: en el verano de 1858 recibió un manuscrito que contenía una breve pero explícita exposición de una teoría de la evolución por selección natural, que coincidía exactamente con sus propios puntos de vista. El texto, remitido desde la isla de Ternate, en las Molucas, era obra de Alfred Russell Wallace, un naturalista que desde 1854 se hallaba en el archipiélago malayo y que ya en 1856 había enviado a Darwin un artículo sobre la aparición de especies nuevas con el que éste se sintió ampliamente identificado. En su nuevo trabajo, Wallace hablaba como Darwin, de «lucha por la existencia», una idea que, curiosamente, también le había venido inspirada por la lectura de Malthus. Darwin puso a Lyell en antecedentes del asunto y le comunicó sus vacilaciones acerca de cómo proceder respecto de la publicación de sus propias teorías, llegando a manifestar su intención de destruir sus propios escritos antes que aparecer como un usurpador de los derechos de Wallace a la prioridad. El incidente se saldó de manera salomónica merced a la intervención de Lyell y del botánico Joseph Dalton Hooker, futuro director de los Kew Gardens creados por su padre y uno de los principales defensores de las teorías evolucionistas de Darwin, con quien le unió una estrecha amistad desde 1843. Siguiendo el consejo de ambos, Darwin resumió su manuscrito, que fue presentado por Lyell y Hooker ante la Linnean Society el 1 de julio de 1858, junto con el trabajo de Wallace y con un extracto de una carta remitida por Darwin el 5 de septiembre de 1857 al botánico estadounidense Asa Gray, en el que constaba un esbozo de su teoría. Wallace no puso nunca en cuestión la corrección del procedimiento; más tarde, en 1887, manifestó su satisfacción por la manera en que todo se había desarrollado, aduciendo que él no poseía «el amor por el trabajo, el experimento y el detalle tan preeminente en Darwin, sin el cual cualquier cosa que yo hubiera podido escribir no habría convencido nunca a nadie».

Tras el episodio, Darwin se vio obligado a dejar de lado sus vacilaciones por lo que a la publicidad de sus ideas se refería y abordó la tarea de reducir la escala de la obra que tenía entre manos para enviarla cuanto antes a la imprenta; en «trece meses y diez días de duro trabajo» quedó por fin redactado el libro On the Origin of Species by means of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life, del que los primeros 1.250 ejemplares se vendieron el mismo día de su aparición, el 24 de noviembre de 1859. Las implicaciones teológicas de la obra, que atribuía a la selección natural facultades hasta entonces reservadas a la divinidad, fueron causa de que inmediatamente empezara a formarse una enconada oposición, capitaneada por el paleontólogo Richard Owen, quien veinte años antes había acogido con entusiasmo las colecciones de fósiles traídas por Darwin de su viaje. En una memorable sesión de la British Association for the Advancement of Science que tuvo lugar en Oxford el 30 de junio de 1860, el obispo Samuel Wilberforce en calidad de portavoz del partido de Owen ridiculizó con brillante elocuencia las tesis evolucionistas, provocando una contundente réplica por parte de Thomas Henry Huxley, zoólogo, que fue el principal defensor ante la oposición religiosa de las tesis de Darwin, ganándose el sobrenombre de su bulldog. A la pregunta de Wilberforce sobre si a Huxley le hubiera sido indiferente saber que su abuelo había sido un mono, la respuesta inmediata fue, según el testimonio de Lyell: «Estaría en la misma situación que su señoría».

Darwin se mantuvo apartado de la intervención directa en la controversia pública hasta 1871, cuando se publicó su obra The Descent of Man and Selection in Relation to Sex, donde expuso sus argumentos en favor de la tesis de que el hombre había aparecido sobre la Tierra por medios exclusivamente naturales. Tres años antes había aparecido su estudio sobre la variación en animales y plantas por los efectos de la selección artificial, en el que trató de formular una teoría sobre el origen de la vida en general («pangénesis»), que resultó ser la más pobre de sus aportaciones a la biología. En 1872, con The Expression of the Emotions in Man and Animals, obra seminal de lo que luego sería el estudio moderno del comportamiento, Darwin puso fin a sus preocupaciones por los problemas teóricos y dedicó los últimos diez años de su vida a diversas investigaciones en el campo de la botánica.

A finales de 1881 comenzó a padecer graves problemas cardíacos y falleció a consecuencia de un ataque al corazón el 19 de abril de 1882.

08/02/2009 10:21 Miguel Angel Rodriguez Urosa Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Lincoln 200 años después

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Ejemplo del sueño americano, autodidacta, nacido a comienzos del siglo XIX en la pobreza absoluta en una cabaña en los bosques de Kentucky sobre un suelo de tierra y cubierto con una piel de animal. De la pobreza extrema a un buen pasar como abogado de éxito; emancipador de los esclavos negros; salvó la Unión triunfando en una brutal guerra civil; defensor de la igualdad de oportunidades; exponente máximo del hombre común, llegó a decir: "Dios ama a las personas corrientes, por eso hizo tantas". Asesinado cinco días después de la rendición de los confederados secesionistas. Consagrado por la historia como el mejor presidente de Estados Unidos, junto con George Washington. Todo esto y mucho más fue y representó Abraham Lincoln (1809-1865).

Preservó la Unión, al precio de una guerra civil con 500.000 muertos

"No debemos canonizarlo como santo laico", advierte el columnista Safire

Obama es el último eslabón de la cadena iniciada con la emancipación

Lincoln: "El gobierno del pueblo, por y para el pueblo no desaparecerá"

Hoy se cumple el bicentenario del nacimiento del 16º presidente de EE UU que abre las compuertas, sobre todo en su país, a una explosión de lincolnmanía reflejada en centenares de nuevos libros sobre su figura política, su personalidad, sus contradicciones, que las tuvo y muchas, y su puesta en valor en la sociedad norteamericana de 2009. Sobre él se han escrito más palabras que sobre cualquier otro gran personaje histórico, excluido Jesucristo. Exposiciones, actos académicos, documentales y la reapertura del remozado teatro Ford, en Washington, donde en la tarde del 14 de abril de 1865, Viernes Santo, John Wilkes Booth, un joven sudista perdedor de la guerra, descerrajó un solo tiro en la cabeza del presidente republicano con una pequeña pistola Dillinger. Murió a las siete de la mañana del día siguiente.

El viento de fronda avivado por Obama, el primer negro en llegar a la Casa Blanca, ha puesto de actualidad la figura de Abraham Lincoln. Barack sería el último eslabón de la cadena iniciada por Lincoln con el decreto de emancipación de los esclavos y, lo que es más importante, con la posterior constitucionalización de su libertad a través de la decimotercera enmienda a la Constitución. Sea o no cierta esta interpretación histórica, Obama, demócrata, ha hecho suya la figura del larguirucho, como él, Lincoln, subrayando sus coincidencias y recuperando lo esencial de su discurso político. El 44º presidente inició su campaña a la Casa Blanca en las escalinatas del Capitolio de Springfield (Illinois) al igual que lo hizo Lincoln. Ambos son abogados y fueron primero congresistas en el mismo Estado al que posteriormente representaron en el Congreso de Washington. Las ideas de unidad y reconciliación nacional, no es un país de blancos o negros, o de republicanos o demócratas; de la defensa de la igualdad de oportunidades; incluso de intervención del Estado en la economía, también muy presente en Lincoln en una fuerte depresión, cuando defendía las obras públicas y la construcción de ferrocarriles, o la ayuda a los bancos, o también la creación de un banco público, son compartidas por los dos presidentes. También les aproxima su elocuencia virtuosa y su creencia en la fuerza de las palabras. Obama estudió detenidamente los discursos de Lincoln al preparar el suyo en la toma de posesión.

Abraham Lincoln vivió la era de la cultura oral, donde la palabra dicha, en sermones religiosos o discursos, era lo más importante. Admiraba a William Shakespeare y sus obras, que estudiaba para preparar sus discursos. La Biblia era su otra fuente de inspiración literaria. Obama juró el cargo sobre la Biblia de Lincoln. Otra coincidencia. El Honesto Abe, otro de sus sobrenombres, era un hombre de gran espiritualidad pero no abrazó dogma alguno, tampoco el religioso. De hecho, no tuvo ficha en ninguna iglesia. La inclusión de adversarios políticos en sus gobiernos en puestos claves -Departamento de Estado, Defensa e incluso el Tesoro-, buscando cierta transversalidad, es otra semejanza entre los dos presidentes.

Y un gesto simbólico: la peregrinación de la familia Obama, por la noche, una semana antes de entrar en la Casa Blanca, al Lincoln Memorial de Washington. El espectacular templo griego que cierra el Mall, por el oeste, enfrentándose al Capitolio a través de una avenida-parque de tres kilómetros y medio. La mejor forma de entender y reflexionar sobre Estados Unidos, su presidencia y el carácter imperial de la superpotencia es hacerlo sentado en las escalinatas del Lincoln Memorial, a la sombra de la estatua del presidente, en mármol de Georgia, y después de leer los discursos de Gettysburg y de su segunda toma de posesión, grabados en la piedra. Recomiendo acudir al amanecer o ya con las luces de la noche.

Quedan para la historia y todavía producen emoción al leerlas, más al escucharlas, las 272 palabras del discurso de Lincoln, tres minutos, en el campo de batalla de Gettysburg. "Aquí decidimos que estos muertos no han muerto en vano, que esta nación bajo Dios tendrá un renacimiento de la libertad, y que el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, no desaparecerá de la tierra". Palabras que memorizan y recitan todos los escolares en Estados Unidos. Palabras que fueron transmitidas por Radio Budapest en 1956, durante la revolución húngara, para llamar al levantamiento contra la Unión Soviética.

El papel histórico de Lincoln como el Gran Emancipador llegó gradualmente desde un inicio en el que el presidente negaba rotundamente la igualdad social y política de negros y blancos. Sólo puso fin a la esclavitud cuando creyó que la Unión podía soportarlo sin dividirse. "No tengo el propósito", dijo en un debate político, "de introducir la igualdad política y social entre las razas blanca y negra. Hay una diferencia física entre las dos que, en mi opinión, les prohibirá siempre vivir en perfecta igualdad". Esta declaración le ha valido acusaciones de ser un "supremacista blanco".

Luchó con determinación en la guerra civil (500.000 muertos en una población de 30 millones) y su objetivo principal fue ganarla a toda costa para salvar la Unión, aun sin resolver la cuestión de la esclavitud que le provocaba problemas, insalvables con los sudistas, pero también con el Norte federal. "Mi primer propósito es salvar la Unión, y no salvar o proteger la esclavitud; si pudiera salvarla sin liberar un solo esclavo, lo haría; y si pudiera salvarla liberando a todos los esclavos, también lo haría". Al final, logró las dos cosas y con ese resultado ha pasado a la historia. Preservó la Unión, al precio de una terrible guerra civil, no sólo por ella misma sino porque representaba una idea de igualdad, de gobierno de la mayoría, una idea exportable universalmente.

"No hace falta que lo canonicemos como nuestro santo laico, no solo asesinado sino martirizado", advierte el columnista del New York Times, William Safire. La personalidad de Lincoln fue compleja y contradictoria. Sentido del humor profundo, capacidad de encantamiento, gran contador de historias. Pero también una profunda melancolía reflejada en su atormentado rostro. Inestable psicológicamente, estuvo a punto de suicidarse dos veces antes de cumplir los 33 años. Visionario, pero calculador a la vez. Problemas familiares: detestaba a su padre, no acudió a su funeral y adoró a su madrastra. Su matrimonio fue todo menos plácido. Su mujer enloqueció

Recomiendo, por último, dos libros para recordarle. Team of rivals, de Doris Kearns Goodwin. Ha sido libro de cabecera de Obama durante la campaña presidencial. Y en ficción, la gran novela Lincoln, de Gore Vidal.

12/02/2009 22:59 Miguel Angel Rodriguez Urosa Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.